El extraño caso del pájaro creciente

Estaba sentado en mi habitación, sin saber muy bien que hacer, como tantas otras veces. Había pasado la tarde leyendo, en esta ocasión era una novela histórica sobre Alejandro Magno, me gustaba devorar novelas históricas ya que de momento era el único medio que tenía para viajar en el tiempo, cuando me cansaba de leer me ponía con la Tablet y me hinchaba de vídeos con bromas en cámara oculta, la de ellas que podía llegar a ver en una sentada.

Esa noche, porque ya eran las 11 pasadas, tenía ya los ojos rojos y cansados de tanta actividad, no me hacía falta ir al espejo del baño para comprobar lo rojos que estaban, estaba cansado, no tanto físicamente sino mentalmente, paseaba mi mirada con desgana por el desorden de mi habitación, siempre la terminaba posando sobre la jaula que tenía al lado de la cabecera de mi cama, había ocupado otras posiciones en la habitación pero al final terminó ahí porque consideré que era la más segura, sobre todo después de que en una noche de sueño agitado le pegara una patada, involuntaria claro, y saliera volando cayendo al suelo, un desastre y todo porque se encontraba a los pies de mi cama.

Como decía siempre terminaba fijándome en la jaula, bueno más bien en la tela negra que la cubría, bendito invento eso de cubrir una pajarera, no me había quedado más remedio que recurrir a ello ya que aún no estaba inventada la jaula insonorizada. Dentro estaba el causante de mis tormentos, una ninfa macho, alfa creía yo por los chillidos que pegaba. Como la mayoría de las relaciones la nuestra empezó como un sueño de ilusión, de momentos compartidos, de silencios, de miradas cómplices. Me podía pasar ratos ensimismado viéndole alimentarse, hasta que con el paso del tiempo todo se tuerce y la llama que nos unía se va haciendo rescoldos, culpa de los dos evidentemente, el por sus chillidos yo por mis ausencias. Siempre había pensado que el hecho de ser un pájaro único podría afectar a su carácter, como dicen que pasa con los hijos únicos que al no tener otros hermanos con los que competir, se vuelven soberbios por un exceso de atenciones.

En esos momentos nuestra relación era distante, él se pasaba la mayor parte del tiempo tapado y yo intentando que con semejante castigo llegara a comprender como el perro de Paulov, aunque aquí en sentido contrario, que si le ponía encima la tela era para afear su conducta y hacerle entender que no se podía pasar la vida sacándome de mis casillas con sus chillidos, si al menos cantara bien. Tras años empezó a adentrarse en mi entendimiento que nada iba a cambiar, que no terminaba de entender mis esfuerzos por humanizar su comportamiento. Que manía tenemos de tratarlos como si fuesen humanos y nos entendieran.

En estas estaba, cuando ya cansado de la larga jornada, mi cerebro decidió que merecía un descanso, normalmente antes de irme a dormir suelo ir a la cocina a beber un vaso de agua y al baño a desalojar el agua sobrante y así tener una noche tranquila sin salidas nocturnas, esta noche no fue distinta, salvo en algunos detalles que ahora pasaré a comentar…

Ya no recuerdo bien si había apagado la luz de la habitación al salir, pero al volver de mi periplo tuve que ir a tientas pues no se veía nada, mis ojos aún no estaban adaptados a tal oscuridad, suerte tengo que son marrones porque según me contaron, los que tienen los ojos claros no ven en la oscuridad muy bien, se ve que las pupilas no se les adaptan tan bien como a los de los ojos marrones. Mi ojos ya percibían los contornos de mi puerta, de la entrada a mi paraíso terrenal, con la ayuda inestimable de las manos pude acceder sin muchos contratiempos. Me gusta dormir con la puerta cerrada, es la manía de sentirte más seguro por si entra alguien ajeno a la casa, esa noche también la cerré y en que hora, había acabado con mi única vía de escape, pero eso se entenderá más adelante.

Al entrar ya había notado algo distinto en la habitación, es esa sensación que no entiendes a que se debe pero que te eriza los pelos de la nuca, una sensación de frio y una quietud que no parecía normal, además había algo más, la oscuridad era más oscura, pese a ello, considerando mi edad y la lejanía de mis temores infantiles decidí comportarme como un adulto y no quedarme parado en la noche sin atreverme a mover, poco a poco fui girándome para ir cogiendo la posición para hacer una entrada limpia en la cama, algo me hizo detenerme, era como una especie de suave respiración que nunca antes había percibido, algo más había en la habitación, mi mente luchaba por no entrar en pánico, gracias a dios que mi lado racional tomó el mando y me reprendió por mis miedos, efectivamente había algo o alguien más en esa habitación, mi pájaro.

Como a cámara lenta volvió el movimiento a mi cuerpo e inicie mi descenso hacia el cálido abrazo de la cama, aún persistía esa sensación que deben sentir todas las gacelas cuando presienten la presencia de una leona, estaba ya casi accediendo a la seguridad de mi piltra, el lugar en que nada me alcanzaría, cuando otro detalle que hasta ahora no había advertido hizo saltar todas las alarmas de mi psique.

La ventana, la ventana estaba cerrada como siempre, pero había algo distinto, no se reflejaba la luz eléctrica exterior que se colaba por las rendijas normalmente, en esos momentos era todo oscuridad, la sombra tapa la ventana, algo había ahí, ¿qué era aquello? chilló mi amígdala. Ahora percibo con más claridad que esa suave respiración que noté al principio provenía de ese lugar, ahí había algo o alguien…

Volví a la infancia y en un arranque de valor infantil aparté mi mirada del objeto de mi temor con la esperanza de que al volver la vista ya no estuviera el causante de mi terror, ahí seguía la sombra, pero ya era adulto y que hacen los adultos para disipar este tipo de miedos, pues encender la luz y ver que todo nuestro miedo es fruto de una alucinación causada por una mezcla de cansancio y series de televisión. Eso hice yo, encendí mi lamparita de noche, que esta justo al lado de la cabecera, bien a mano en ese momento, la encendí y…

No me atrevía a mirar hacia la ventana, en la posición en que me había quedado estaba de espaldas a ella, por el rabillo del ojo pude advertir que la jaula no estaba, algo le había pasado, girando un poco la cabeza pude observar con más detalle el desastre, la jaula estaba tirada en el suelo, con todo el agua y la arena por el suelo, en estos momentos suele tomar el mando el lado práctico de nuestra cabeza y en mi caso no fue distinto, ya me veía yendo a por la fregona, la escoba, el paletón… que pereza el tener que limpiar, yo quería irme a dormir y no tener que pasarme un buen rato deshaciendo aquel desaguisado.

Pero y ¿el pájaro?, la puerta de la jaula estaba abierta, ¿dónde estaba?, mi sentido maternal de preocupación hacia sus crías saltó, ¿no estaría herido como la última vez en que mi sueño impetuoso lo mandó por los aires?, dónde estaba y ahí cometí el error de en mi búsqueda alarmada mirar hacia la ventana, ohhh, y allí estaba plantado el horror, mirándome directamente a los ojos, no podía ser lo que mis ojos me decían estar viendo.

No podía ser real lo que observaba, estaba en un sueño, ¿era realidad?, ¿era un sueño lúcido?… Hacía no mucho que había visto la película Origen y me había fascinado su historia sobre los sueños lúcidos, a parte de su banda sonora. Siempre que me interesaba un tema buscaba algún libro sobre ello, y así fue el caso, me compré un libro que te enseñaba a practicar para conseguir controlar tus sueños, ¿sería eso lo que estaba viviendo ahora?, lo había leído del tirón no hace mucho, ¿me habría influido?, con su sola lectura ya me daba pasaje para la aventura onírica… Pudiera ser que me hubiera dormido y no me hubiera percatado, ¿estaría despierto?. Un ligero agitar de alas me sacó de mi ensimismamiento, él estaba allí, era mi pájaro, se llama Juanito, creo que no lo había presentado, me miró, nos miramos, sus dos canicas negras me taladraron, había un detalle que no encajaba, ocupaba todo el marco de la ventana, tendría por lo menos dos metros de altura, que había pasado, mi Juanito no era tan grande, era una mezcla de horror y cariño lejano lo que me provocaba su visión, era él, tantos años juntos nos daba esa sensación de tranquilidad que proporciona la gente que conoces bien, pero cómo podía haber adquirido ese tamaño, tantas preguntas…

Un ligero carraspeo me sacó de mis cavilaciones, y empezó a hablar, si a hablar, se le entendía bien aunque con un ligero acento, yo intuí que el hecho de ser de Australia en algo podía influir. Me hablaba de sus penas, de la esclavitud a la que lo habíamos sometido, de que lo único que recordaba de su infancia eran las luces de unos focos en un techo alto, de ahí su fijación por las luces…

Ya ni me extrañaba que pudiera hablar, era tal su afligimiento, que me conmovía como tantas veces anteriormente a este episodio me había entristecido el verle encerrado sin conocer hembra, aunque también es verdad que muchas veces de estrés había deseado mandarle a esparragar, abrirle la puerta, la ventana y que escapara accidentalmente. Pero volvamos a los hechos de esa noche aciaga, seguía hablándome de sus penurias, de lo difícil que era convivir con su propia mierda, aunque yo le limpiaba, es verdad que no tan periódicamente como antes, la desidia había entrado en nuestras vidas sin darme yo cuenta que él era el que más perdía.

También tenía buenos recuerdos sobre todo conmigo, pero esto también le había llevado a una crisis de identidad, no sabía si yo era su madre, su pareja, otro pájaro más… había pasado por todos estos estados de duda anhelante con sus correspondientes desencantos al ir intuyendo la verdad, yo no era un pájaro. Lo que más le dolía era cuando yo, en ataques de ira, justificados por sus chillidos, le decía que le iba a largar, que le iba a buscar otro hogar, que el día menos pensado haría un caldo de ave con él porque no daba para más, no entendía mi enojo pues yo tenía la libertad y él no.

Él tampoco sabía como habíamos llegado a esta situación, serían los años, como dice la canción se nos acabó el amor de tanto usarlo. Para mi tranquilidad me comentó que dadas las circunstancias, el tamaño que había adquirido y su enorme pico afilado como un cuchillo jamonero barajó el acabar conmigo por haber sido su carcelero, pero al ver mi tristeza sincera ante sus palabras y mi indefensión ante su tamaño, decidió perdonarme la vida, pues al fin tenía en sus manos la libertad.

Ahora sólo le quedaba decidir como tomar en sus manos esa libertad y escapar, me preguntó si yo le ayudaría, prefería no tener que noquearme. Viendo la situación, tenía dos opciones de escape, destrozar la pared con la ventana, yo le veía capaz, o salir por la puerta de casa como una persona civilizada. Le convencí de que destrozar la pared alarmaría a los vecinos y además mis padres no merecían pagar por mis faltas, ya que vivía en su casa. Lo entendió, decidimos salir por la puerta, ya no recuerdo si me puse la chaqueta pues era invierno y hacía frio. Salimos a las escaleras, las bajamos, por detrás era más impresionante, que bicho. Menos mal que no nos cruzamos con vecinos, cómo explicar aquello. Salimos a la fría noche, una noche sin luna, otro escalofrío.

Era el momento de la despedida, nos miramos, no nos dijimos nada, no hacían falta palabras. De un impulso se lanza a la noche, se va alejando pero en esto que vuelve, dios mío se ha arrepentido, va a acabar conmigo para que no sea más carcelero.

Se posa, me mira y me dice oye a Australia para dónde se va, porque ¿yo soy de allí, verdad?. Le dije claro eso ponía en los libros que compre sobre ti. Tu vete para allá y déjate guiar por tu instinto, eres libre de ir donde quieras.

Se recorta en la noche su silueta, amanecer rosado, que imagen tan poética de la libertad… Miro el reloj ohhh que horas y yo mañana trabajo.

Me acuesto y sueño sin sueño. Despierto en mi cama, todo parece normal, la jaula está intacta, parece que tuve una pesadilla, no vuelvo a cenar carne por la noche…
Hay un detalle que no cuadra, la puerta de la jaula está abierta, en la arena marcado un mensaje, Bye. Claro es Australiano.

Álvaro Díaz A.

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